domingo, 29 de noviembre de 2009

Titán contra Vulcano

Titán contra Vulcano

Título original: Vulcano, figlio di Giove

Año: 1961 (Italia)

Director: Emimmo Salvi

Productor: Spartaco Antonucci

Guionistas: Benito Ilforte, Ambrogio Molteni, Emimmo Salvi, Gino Stafford

Fotografía: Mario Parapetti

Música: Marcello Giombini

Intérpretes: Iloosh Khoshabe [Richard Lloyd] [Acreditado como Rod Flash] (Maciste), Gordon Mitchell (Plutón), Bella Cortez (Etna), Roger Browne (Marte), Annie Gorassini (Venus), Furio Meniconi (Júpiter), Omero Gargano, Isarco Ravaioli (Mercurio), Liliana Zagra, Edda Ferronao, Yvonne Sire (Ninfas), Salvatore Furnari, Ugo Sabetta, Amedeo Trilli, Paolo Pieri…

Sinopsis: Júpiter, cansado de los devaneos amorosos de su hija Venus, decide buscarla un marido entre dos candidatos: Maciste, un mortal que trabaja en la fragua de Vulcano, el dios del fuego, y Marte, dios de la guerra. Después de que Marte secuestre a Venus, Maciste es expulsado del Olimpo por medio de una treta de Plutón, aliado de Marte…

Aunque no falten dentro del péplum películas en las que durante su metraje aparezcan dioses propios de la mitología grecolatina, ya sean referidos o personificados, más escasos se antojan los ejemplos en los que la participación de estas figuras disfrutan de cierto peso en la evolución de la trama. Entre este último grupo, destaca por su exotismo Titán contra Vulcano (Vulcano, figlio di Giove, 1961) de Emimmo Salvi, al tratarse de la única película del género junto a Marte, dio della guerra [tv: Marte, dios de la guerra, 1962] de Marcello Baldi, o al menos de las que uno tiene noticia, cuyo argumento esta enteramente protagonizado por las andanzas de moradores del Olimpo.

O eso es lo que ocurre en su versión original, ya que en España, donde la cinta tuvo que esperar hasta 1985 para poder ser estrenada, a lo que a buen seguro no fue ajeno el éxito cosechado por la entonces reciente Furia de titanes (Clash of Titans, 1981) de Desmond Davis – nótese la clara referencia a ésta en su título español -, se modificó parte de su argumento a través del doblaje, convirtiendo a su protagonista, Vulcano, el dios del fuego romano, en el no menos mítico (cinematográficamente hablando, se entiende) Maciste, aprovechando para ello el juego que en este sentido daba el personaje, algo que a la larga acaba por provocar no pocas incongruencias, tanto en su título, del todo imposible puesto que, para empezar, Vulcano no aparece en el film salvo por mención, como a lo largo del relato, debido a la condición de mortal de Maciste.

Dejando a un lado las ocurrencias de distribuidores locales con poco respeto por las obras ajenas y centrándonos ya en los valores de la película propiamente dicha, son varios los elementos novedosos que esta presenta con respecto a las usuales características del género en el cual se inscribe, empezando por su guión, en el cual se nos narran los conflictos derivados de un triángulo amoroso formado por Venus, la diosa del amor, Marte y Vulcano, y en el que se plasma de forma acertada e interesante tanto las personalidades de los distintos dioses – Venus filtrea con cuanto varón se le ponga por el medio, Marte es engreído y belicoso… -, como los continuos encuentros y desencuentros tan típicos entre los habitantes del Olimpo, a través de una puesta en escena que, aunque sigue el canon cinematográfico establecido para la representación de la morada de las divinidades helenas, muestra cierta influencia pictórica en su composición, caso de la escena de la fragua de Vulcano, que a su manera, remite a la famosa pintura de Velázquez.

Lástima que, tras su arranque y una vez quedan asentadas las bases de su historia, a medida que avance el metraje el film se vaya desarrollando cada vez más bajo los esquemas tópicos y mil veces vistos de la epopeya de forzudos, con el protagonista liberando pueblos oprimidos cuyos líderes lanzan proclamas seudo-comunistas y desbaratando los planes del villano de turno, en este caso Marte, quien planea derrocar de su trono a Júpiter con ayuda de los tracios, perdiendo con ello, sino toda, si parte de su originalidad, si bien aún arroje ciertos componentes de interés, en especial un marcado erotismo muy superior al ya de por si habitual en el género, gracias a la participación de sus dos personajes femeninos principales, con “pelea de gatas” entre ambas incluida, siendo dignos de mención por sugerentes los bamboleantes movimientos pectorales de la cubana Bella Cortez en las muchas carreras que se da a lo largo del film.

Rodada en Irán, se da la curiosa circunstancia de que su protagonista fue un actor de aquella nacionalidad, Iloosh Khoshabe, acreditado como Rod Flash, quien de esta manera hacía su debut en el cine europeo, dentro del cual desarrollaría una pequeña carrera casi siempre ligada al péplum y su periferia, habitualmente parapetado bajo el seudónimo de Richard Lloyd.

José Luis Salvador Estébenez

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